ANTÍGONA EN EL RETÍN

ANTÍGONA EN EL RETÍN.
Sófocles nos ha dejado una obra clave de la historia del Teatro y de la historia de la Etica llamada Antígona. La tragedia de una joven que se enfrenta al poder del rey Creonte, que pretende dejar a un cadáver sin sepultura (como hizo el franquismo con miles de cadáveres que nunca tuvieron un entierro digno), el del hermano de la protagonista. Antígona argumenta que hay leyes que están por encima de lo que dictan los gobernantes.
Muchos siglos después de Sófocles, el filósofo y humanista Bertrand Russell, siguiendo la estela de Antígona, se lanzaba a una campaña de desobediencia civil noviolenta que denunciaba el peligro de las armas nucleares, armas que podrían haber acabado con la especie humana en los años sesenta. En una hermosa carta da las gracias a quienes lo han enviado a la cárcel con más de ochenta años, porque así se le proporciona otro medio para defender la supervivencia de la humanidad.
Existen hoy activistas, unos muy jóvenes, como lo era Antígona, y otros más maduros pero de espíritu rebelde como el de Russell, que siguen dando testimonio de que la Ética está muchas veces por encima de las Leyes. Sus actos de desobediencia civil consisten en ocasiones en entrar en recintos donde se preparan las guerras. Guerras que provocarán, de modo inevitable, innumerables muertes, muchas de ellas justificadas como daños colaterales necesarios para obtener una más que discutible “paz”.
El Día de los Difuntos del año 2015 ocurrió algo en El Retín, en los terrenos militares usurpados a nuestra querida Barbate, pueblo marinero condenado al paro y a sufrir continuamente ejercicios y juegos de guerra. Un grupo de activistas de varias nacionalidades, pero todos ellos herederos de Antígona, decidieron entrar en el Retín como un acto de desobediencia a una alianza militar con muchos miles de crímenes a sus espaldas, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la OTAN, que celebraba unas macromaniobras para seguir defendiendo su hegemonía militar en gran parte del mundo. Sabían que podían ser considerados como delincuentes, como vándalos… Así se les trató por parte de nuestras fuerzas de “seguridad”. Pensadores como Rawls o como Habermas han pedido que no se trate como a delincuentes a aquellos que practican la desobediencia civil como una forma ética de protesta y no se esconden de la justicia, sino que reivindican su derecho a desobedecer leyes injustas, como nuestra denostada “ley mordaza”, la que llaman ley de “Seguridad” ciudadana, fruto de nuestros nuevos Creontes, una ley ilegítima desde el punto de vista de la Etica. Una ley inmoral para casi todos menos para los que han legislado desde una mayoría absoluta que no les va a durar para siempre. Una ley que ha impedido que se pudieran grabar imágenes de cómo los herederos de Antígona, de Russell, de Gandhi y de muchos noviolentos (como aquellos miles de insumisos que fueron a parar a las cárceles españolas como consecuencia de su desobediencia civil al servicio de armas y al militarismo), eran desalojados por la fuerza, sin oponer resistencia, después de haber sido rociados sus rostros con gas irritante, como autoriza nuestro ministerio de Defensa. Para que no hubiera imágenes de dicho desalojo, unas cámaras fueron requisadas por las fuerzas de seguridad de nuestro Estado. Contradiciendo las palabras del ministro de que no es delito grabar estas actuaciones, sino difundir las imágenes.
El fin de Creonte fue trágico. También puede ser trágico el fin de una humanidad ciega que no es capaz de comprender el destino que se le viene encima. De nada sirve que una desdichada Casandra advierta de lo terrible que está por llegar. El complejo militar mundial seguirá fabricando y negociando con armas cada vez más destructivas para beneficio de unos pocos, mientras los gigantescos gastos militares serán responsables de millares de muertos y los ejércitos harán elogios a la “paz”, la paz de los imperios, no la que defendía Gandhi: la práctica de la Justicia.
Juan José Ruiz Travieso

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