Llanto y dhanto por Somalia, y alegato por una pedagogía que nos acerque de verdad, por Pablo del Pozo

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Trescientas personas, trescientas como poco, que nadie llorará por estos lares, que no ocupan bandera alguna en los avatares de nadie, que se esfumarán pronto del poco humo ya difuso que apenas nos llega. Ni han actualizado la cifra algunos medios patrios. Negros pobres antes que pobres negritos, que el clasismo aún le gana a la condescendencia, y empate en racismo. Es que están lejos, dicen algunos. Ningún aula se detendrá para siquiera minuto de silencio más; y yo acuso, minutos de hipocresía. Hace poco las pararon en mi instituto: por Charlie Hebdo, por Bataclan, por el avión de Germanwings, sirenas que detenían las clases con silencios frívolos que duraban menos que lo que luego costaba retomarlas. Entretanto, lo recuerdo, decenas de niños y niñas calcinados y calcinadas en una aldea nigeriana por Boko Haram, o casi ciento cincuenta estudiantes masacrados en Kenia por el mismo Al Shabab que ahora golpea en Mogadiscio. Y silencio, pero silencio de verdad.

Estamos estupidizados por la pedagogía de lo inmediato cuando se convierte y pervierte tan solo como un fin en sí misma, ya sabéis, aquel mandato obcecado en enseñar a los chavales a manejar mapas de metro en ciudades que nunca tendrán una sola línea; será para cuando emigren. Menuda forma de mancillar a Vigotsky y su zona de aprendizaje próximo, que ese sí que sabía. Olvidamos a menudo que el mejor ciudadano, la mejor ciudadana local lo es solo si sabe pensar globalmente, si es capaz de sentir más allá de esa falsa cercanía que le hace el juego al consumismo neoliberal más vacío, ya ni siquiera al hedonismo materialista; y que enseñar la existencia de lo lejano, de lo desconocido, de lo inimaginable, de los otros mundos que están en este, que diría Éluard —a veces cruzando la calle, por cierto— pues no solo no es malo sino que nos acerca entre sí, nos refrenda como humanos de un mismo planeta. Y si nos acercamos, nos conocemos, creamos realidad, no fingimos que no existe solo nuestro ombligo, cuestionaremos entonces lo que se nos da ya hecho. Lo demás son solo solidaridades selectivas seleccionadas por la hipócrita dictadura de la cercanía, o pseudocercanía, pues cercanas también fueron las casi cuatro mil vidas ahogadas en el Mediterráneo el año pasado, nuevo récord a batir.Y qué los kilómetros: que estén lejos tampoco debería justificar la desidia ante la sangre, igual de roja que la que nos salpica. Pero a quién le importa la situación de los ronhinyás de Myanmar, verbigracia, exactamente igual de alejados de Cádiz como de Las Vegas y de su blanquísimo francotirador. ¿En qué programación de lo cotidiano entrarían? Bah, y esos quiénes diantres son, seré más cínico: por lo menos de los somalíes hemos logrado que nos suenen sus estereotipos, aquellos que no van más allá de los de nuestro entorno inmediato, esos muros tan perversamente cotidianos que ni somos capaces de percibirlos.

Os propongo un pequeño y humilde homenaje desde la no tan distancia: acercarnos al prosaico Dhanto, animada danza que al principio se ejecutaba a lomos de un caballo —unos cien años antes que el Gangnam Style, por cierto—. Su parecido con el reggae es tan evidente que no falta quien lo señala como el verdadero origen del ritmo caribeño. Los imbéciles de Al Shabab lo prohibieron junto al resto de músicas y bailes en sus zonas de yugo, como todos los totalitaristas acaban haciendo: pues la risa es sinónimo de libertad, y la libertad les jode bien jodidos. Pero ahí siguen sus melodías, impertinentes, rompiendo el silencio de la muerte en vida y el silencio del olvido, reales como los planos de un metro. Como trescientos cuerpos humanos.

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