Si hay vida, hay esperanza, por Santi Flores

Hace unos días nos estremecían las imágenes de un mercado libio donde vendían personas para usarlas como mano de obra, esclavas sexuales y otras barbaridades que la ONU y las potencias mundiales están permitiendo. Aquel mercado traía al recuerdo épocas oscuras como el tráfico de esclavos que hubo en Kumasi, Ghana, y el de Zanzibar, Tanzania. Miles de personas fueron despojadas de su libertad, de su derecho a la vida para ser explotadas. Relatos que parecieron quedar atrás, en el pozo oscuro de las canalladas de la Historia. Sin embargo, si no aprendemos de los errores pasados, estamos condenados a repetirlos.

El futbolista Kondogbia denunció hace un par de semanas el tráfico de esclavos en Libia. Las mafias de la zona trafican con refugiados sirios, iraquíes, kurdos, afganos, somalíes y sudaneses. También con emigrantes de varios países del África subsahariana como Nigeria, Chad y Níger. ¿Por qué se ha producido este flujo hacia Libia? Como informaba PROEM-AID, la Unión Europea financió a Turquía para impedir el paso de las personas refugiadas hacia los Balcanes. Turquía colocó barcos de guerra en el Egeo. Ante esta situación, los refugiados atraviesen el Sinaí y el desierto egipcio a pie, por el Sáhara hasta los puertos de Libia, con la esperanza de subir a un cayuco, a veces solo una balsa hinchable, que les lleve a Europa. Suben engañados a esas maltrechas embarcaciones con la esperanza de llegar a Italia que está a 200 millas, pero solo llevan combustible para 50, dato que no se les revela. ¿Cuántos mueren ahogados?

 

Y la situación aún empeora cuando la Unión Africana, la Unión Europea y la ONU se reunieron ayer en Abidján, Costa de Marfil, para acelerar el retorno de los inmigrantes a Libia. Retorno a un país en guerra. Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, apoya el llamado Plan África que defiende como la forma de “salvar y proteger vidas de migrantes y refugiados”. Claro, señor Juncker, va a proteger esas vidas como la policía húngara y búlgara las reprime a palos; sí, como esa valla de Melilla con cuchillas y ese ejército turco financiado por ustedes para disparar a las pateras. Y ahora querrá que le demos la enhorabuena por su actuación, tenga dignidad y únase a las miles de personas voluntarias repartidas por distintos rincones del planeta ayudando a refugiados e inmigrantes. Le invito a visitar el proyecto Tibet World, en McLeod Ganj, Dharamsala, norte de La India y  a tener una conversación con Yesi, refugiado tibetano, quien podría contarle la vida de un refugiado, que cruzó el Himalaya a pie bajo el fuego del ejército chino. ¿Le queda lejos Himachal Pradesh? No se preocupe, acérquese al barrio de Saint Denis en París o a los CETI de Ceuta y Melilla, converse usted con las personas que allí encontrará. Deje de convertir Europa en un bastión contra mis hermanos de otras tierras, usted y sus secuaces han teñido de sangre las aguas del Mediterráneo. ¿A qué está esperando para perseguir a los traficantes de esclavos? Es usted tan cínico que habla de prosperidad, dígaselo a las personas cuyo hogar ha sido dinamitado y su familia masacrada. Sí, muchas de ellas mujeres adolescentes que terminarán en los burdeles europeos como esclavas sexuales. Puede darse un paseo por la Calle Montera de Madrid cualquier mañana, allí, junto a la Puerta del Sol se explota a mujeres entre comercios, restaurantes, rutas turísticas; sí, allí, donde el 31 de diciembre, varios miles se reunirán para tomarse doce uvas. En ese momento, habrá voluntarios de PROEM-AID rescatando personas en Malta; esto me hace pensar que mientras una sola persona siga denunciando la barbarie, esta humanidad aún tendrá esperanza de derrotar a la esclavitud. La esclavitud también de los bancos, los mercados y la manipulación de políticos y dirigentes hipócritas, sin escrúpulos y sin alma; pero dos niñas iraquíes llegaron a Grecia, Ranea y Danea, gemelas, vienen para construir una nueva vida, vienen para dar testimonio y su mirada nos dice: “estamos vivas, y si hay vida, hay esperanza”.

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Ranea y Danea, refugiadas iraquíes           Foto:  Giorgos Moutafis Amnistía Internacional

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