Muerte de dos interinos, por David Vargas

El pasado 25 de noviembre moría en Adamuz (Córdoba) el profesor almeriense José Vicente Andrés, de 33 años. Moría en el incendio de la vivienda que había alquilado en ese pueblo porque estaba cubriendo la vacante de una profesora que se había jubilado un mes antes.

La tragedia que supone la muerte repentina y accidental de un hombre de corta edad tiene también una connotación que tal vez sólo pueda comprender quien ha sido o es interino o interina. Se trata de abandonar tu casa de manera temporal para irte a veces a lugares que ni sabías que existían y en los que no habías estado nunca y donde mucho menos pensabas que acabarías viviendo. La mayoría de las veces, ese destino inesperado, que depende de una llamada de una centralita realizada por personal administrativo que te ofrece tres centros que no conoces en una provincia que tampoco, acaba bien. Acaba contigo conociendo lugares nuevos, gente estupenda que nunca hubieses conocido de otro modo, nuevas experiencias, otras formas de vida (campo-ciudad o viceversa), etc. A veces, acaba como quien suscribe, viviendo lejos de tu ciudad y encantado de haber encontrado una persona y un lugar que nunca hubiese hallado sin aquella sustitución de hace ya casi una década. Otras veces, la cosa no va tan bien. Ni el lugar ni la gente que aparece en tu vida de repente (o más bien tú en la de ellos) te llena lo más mínimo y no te adaptas a esa situación y sientes la soledad de quien no encaja en un lugar, pero al mismo tiempo no puede abandonarlo. Otras veces, como el caso de José Vicente, el asunto es mucho peor y esa deslocalización, bien por accidente de tráfico, bien por accidente doméstico, acaba en tragedia y muerte. Son las menos. Son muy ocasionales, pero ocurren. Le ocurrió a Abel Martínez Oliva, otro profesor interino que llevaba una semana de sustitución en el IES Joan Fuster de Barcelona cuando un alumno le mató de una puñalada en el corazón el 20 de abril de 2015. ¿Fue este otro accidente? No lo creo, pero sin duda tuvo que ver con el destino más aún cuando el niño asesino pretendía matar a su profesora de lengua, pero Abel salió de su aula cuando oyó gritos y sin entender aún lo que pasaba, recibió esa puñalada mortal. El destino y los destinos: esa baja que surge, esa llamada a veces con varias opciones, ese decidir en cuestión de segundos y ese final totalmente inesperado e injusto en ambos casos. Valgan estas líneas como homenaje a José Vicente y a Abel que sin quererlo ni merecerlo se dejaron la vida en sendas sustituciones.

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