Sus majestades, la inspección. Por María Liébana

El ritmo de trabajo normal de un centro educativo se paraliza: llegan unos visitantes enchaquetados de repente que son ajenos al centro (pero no a la Junta de Andalucía) que parecen tener potestad para poder cambiar la vida diaria de cualquier centro. Se encierran en el despacho de dirección colgando el cartel de “no molestar “, hacen cambiar los horarios de todo el profesorado, revisan las faltas y las firmas de todo el personal, y en muchos casos enfatizan el uso de la burocracia por encima de la labor docente. Están en todas partes, y en ninguna, y, de hecho, nunca sabemos con total seguridad si van a volver a venir a visitarnos o no, y qué nos van a pedir, e incluso si nos van a cambiar por completo el horario que teníamos desde septiembre a peor.Lo que sí sabemos es que en la mayoría de los casos tienen poder sobre nosotros, además de que todos hemos oído casos de inspectores “buscándole las cosquillas” a algún miembro de la plantilla docente, y eso nos da miedo porque hemos oído también casos de amonestaciones y requerimientos. A pesar de todo, incluso de que como igual que nosotros, ellos son conscientes de ese miedo, a veces hasta parece que hay que ponerse de rodillas a su paso y hacerle reverencias, pero, al final, debemos volver a la realidad al recordar que ellos son trabajadores como nosotros, que también son docentes y han ejercido su profesión en aulas con alumnado diversos, y que igual que nosotros seguimos una normativa y tenemos que cumplirla, ellos también deben hacerlo.

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