Interina pata negra, por Carmen Martínez Amat, profesora de filosofía

Hace 17 años comencé a estudiar las Oposiciones para ser profesora de Secundaria. Recuerdo aquella primera convocatoria con muchísima claridad. Yo nunca me planteé ser interina, yo iba a por la plaza. Así que hice lo que había que hacer, pagué una pasta en la academia, hice un grupo de estudio con las que después se convirtieron en mis queridas amigas, no tuve Navidad, ni domingos, no fui al cine, ni al teatro, ni me tomé un vino de más.

La ansiedad se fue a la espalda por dentro y por fuera, me hice un montón de heridas de las que hoy conservo sus sombras. No había posibilidad de fallar, estaba clarísimo que me las iba a sacar. Y me las saqué, a 500 kilómetros de mi casa. Recuerdo que dormí en la pensión más cutre de Badajoz cuando fui a firmar mi primer contrato y me dirigí a nóminas para pedir un adelanto de mi sueldo que me permitiera alquilar una habitación y comer sin tener que pedir más dinero a mi madre, se rieron a mi cara, claro. Desde entonces las oposiciones han sido una amenaza en mi vida, siempre dan por hecho que las voy a aprobar, y de alguna manera una va pensando que depende de ella; cuando hay oposiciones, todo tiempo sin estudiar, incluso el de dormir, genera cargo de conciencia.

15 años de servicio como interina dan para mucho, he mejorado mi situación y empeorado varias veces, he hecho el tour por dos comunidades, he sido madre ausente, hija ausente y amiga ausente. He sacado dieces y unos, he ido muy pocas veces a Delegación a protestar, la lucha la he llevado a la calle, me he sentido utilizada, infrautilizada, ninguneada, he estudiado hasta vomitar los mismos esquemas una y otra vez, la última vez con mascarilla porque ya tienen ácaros. Una vez me hicieron una jugada más que cuestionable y fui a hablar con la inspección médica, el problema médico era de la persona a la que sustituía, no mío. El inspector me dijo que de qué me quejaba, que tenía que estar agradecida por hacer sustituciones ya que eso significaba que había accedido por bolsa de trabajo (entonces ya había aprobado dos convocatorias) y que había mucha gente que estudiaba y no entraba. No, no lo mandé a la mierda, siempre he tenido mucha educación, aunque me criara en un cortijo.

Por eso disculpa mi cara de “what the fuck”cuando me preguntas si estoy estudiando este año, que van a salir muchas plazas, que yo seguro tengo muchos puntos y que si estudio son mías. Yo estudio mucho, pero desde hace unos años, lo que me da a mí la gana, lo que me hace crecer, y sobre todo, intento vivir, porque señores la vida no se puede meter entre paréntesis cada dos años, ni cada cuatro, para demostrar que una está preparada para realizar el oficio que con tanto amor, pese al maltrato institucional, lleva una realizando desde hace quince años.

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