A Laura, por si un periodo de su vida podría haberse parecido a la mía

(Nos manda este emocionante artículo un compañero de Cantabria llamado Pablo sobre su experiencia como interino en Andalucía. En recuerdo a nuestra compañera interina Laura Luelmo, vilmente asesinada en El Campillo, Huelva. Su destino nos ha llenado de tristeza. Reiteramos nuestro pésame a familia, pareja, amigos y mandamos un fuerte abrazo al claustro y al alumnado del IES Vázquez Díaz de Nerva).

 

Hace ya bastantes años, yo sobrevivía en Cádiz con una modesta beca de Doctorado que me daba para lo mínimo, pero me hacía bastante feliz. Yo había estudiado en la Universidad Autónoma de Madrid. Con esa beca de movilidad ni de coña habría podido sobrevivir en Madrid, pero en Cádiz durante la temporada escolar, en un piso compartido, tirabas. Un día, serían las dos de la tarde, al llegar a casa después de correr por la arena y darme un baño en una playa que allí llaman La Playita de las Mujeres, al parecer porque hace unas pocas décadas sus usuarias casi exclusivas eran las mujeres del barrio, me encontré en el móvil una llamada perdida de un número larguísimo. Mientras pensaba de dónde podía venir esa llamada, el teléfono volvió a sonar. La llamada era para informarme de que por mi situación en la bolsa de profesores sustitutos me correspondía cubrir una sustitución en un pueblo llamado Alcalá de los Gazules. Yo sabía que ese pueblo existía, pero ni siquiera era capaz de ubicarlo en el mapa. Me pilló tan desprevenido que la persona que llamaba me tuvo que explicar que era de la Delegación de Educación de la provincia de Cádiz; recordarme que yo meses atrás había presentado mis papeles para formar parte de la lista de sustituciones y que por tener un Notable en el expediente académico de Filología Hispánica y estar Licenciado también en Economía me correspondían muchos puntos y al hacer la lista me habían puesto de los primeros; y anunciarme que al día siguiente tenía que pasar por el edificio de la Delegación, firmar un papel y marcharme inmediatamente a ese pueblo para incorporarme a su Instituto. Al día siguiente estaba dando clase en un pueblo de casitas blancas junto al Parque Natural de los Alcornocales. Era por mayo, cuando hace el calor. En mi primer día en el instituto un profesor me ofreció una habitación en su apartamento. En mi primera tarde me fui a andar por los alrededores; me entró la euforia y me puse a correr.

Así empezó mi vida de profesor. Esa primera sustitución duró solo dos meses; pero me dejó la sensación de que ser profesor sustituto era la vida que quería. En los años siguientes repetí unas cuantas veces ese ritual de la llamada, el nombre de un pueblo desconocido, los datos de la persona a sustituir, la carga precipitada de la mochila y la peregrinación en transporte público, y a veces incluso auto-stop, a pueblos que tenían unas conexiones muy precarias y en los que a los veinte minutos de llegar todo el pueblo sabía que eras el “maestro” nuevo y te saludaban así, “¡maehtro!”, y cuando ibas a comprar te cedían el puesto en la caja y se decían unos a otros “Deja pasar al maestro; que llevará bulla”. A veces el mismo día que acababa una sustitución en un pueblo recóndito de las sierras olivareras de Jaén recibía una llamada para estar al día siguiente en uno más recóndito aún de la lluviosa Sierra de Cádiz. Me gustaba tanto ese rollo, que cuando un septiembre me llamaron de Granada y me dieron a elegir entre un par de plazas vacantes para todo el curso y algunas sustituciones, elegí una sustitución de un par de meses en un pueblecillo. El hombre que me había llamado no salía de su asombro. Mi vida de sustituto acabó cuando me saqué la oposición. Por supuesto fue un notición; pero pasada la enorme satisfacción de comunicárselo a mis padres tuve un momento de nostalgia, por esa vida nómada y precaria que dejaba atrás.

Cuando llegaba a cada nuevo pueblo mis dos primeras actividades, por este orden, eran buscar casa y salir a correr por los alrededores. Unas veces había algún profe que quería alquilarme una habitación. Otras, algún conserje que tenía un contacto; y si no el conserje; el primo, el cuñado, la suegra o el vecino de alguien del instituto ofrecía algo. También recuerdo una vez, en un pueblo de la sierra sevillana, casi en la frontera con Extremadura, que al ir al despacho del director a presentarme y entregarle el nombramiento, sacó de las profundidades de su cajón el número de teléfono que había dejado una enfermera del Centro de Salud a principio de curso y me dijo con voz socarrona “El profe y la enfermera. Aprovecha que eres joven” y soltó una carcajada. No os hagáis líos, la enfermera era tan inatractiva para mí como yo para ella; pero como compañera de piso era imposible tener problemas; solo trabajaba dos días por semana y a veces ni eso; el resto del tiempo estaba en Sevilla; en el mes y medio que duré allí casi ni la vi.  De todas las anécdotas estas de encontrar una casa en la que vivir durante mis sustituciones, sin duda la más digna de ser contada fue la de un minúsculo pueblo de Córdoba, cuyo instituto tenía un total de setenta alumnos. Llegué al pueblo en autobús. Enfrente de la parada vi una tiendecita y entré a comprar una botella de agua, fruta y algo para hacerme un bocata. Según estaba pagando pregunté a la tendera si me podía dar noticia de algún piso para alquilar. Pegó un grito a una chica que estaba colocando cosas por allí y esta salió y un minuto después volvió con una mujer joven muy grandota que miró de arriba abajo mi aspecto descuidado, mi pelo y la colchoneta que coronaba mi macuto viejo y, con voz seca,  dijo “No, lo siento, lo tengo alquilado”. Yo me fui al instituto; me presenté, supe que los pocos profesores que había vivían todos en Córdoba  y nadie tenía idea ni de una habitación ni de un piso ni de nada. Así que, después de comerme el bocata en un parque, me puse a dar vueltas por el pueblo y a preguntar en los bares si conocían a alguien que alquilase. Me enseñaron un par de pisos que eran verdaderos agujeros  lúgubres. Avanzada la tarde, cuando ya asumía que al menos las primeras noches tendría que pasarlas en un hostal que había junto a la carretera, un coche se paró cerca de mí. Del asiento del copiloto salió la mujer joven de la mañana y me dijo “Muchacho, tú eres el maestro nuevo ¿No? Pues ven, que te enseño la casa. Está aquí al lado”. Mientras andábamos hacia la casa me contó que el del coche era su hermano y que había estado dando vueltas por el pueblo buscándome. Me pareció cómico que, de forma tan poco sutil, esa mujer dejase en evidencia que por la mañana me había quitado de en medio porque se había creído que era yo un hippie zarrapastroso y al enterarse de que era profesor había salido en busca del inquilino tesoro. Pensé en darme el gusto de dejarla que me enseñase la casa y decirle al final aquello de ahora es demasiado tarde princesa; pero tampoco tenía mucha opción y la casa resulto ser una maravilla: llena de luz, con vistas hacia la campiña, con un patio cordobés…. Total, que me tragué mi orgullo y viví allí los cuatro meses siguientes.

Esos años quedan ya bastante lejos; después de sacar la oposición vinieron los destinos para curso completo; luego vino la plaza definitiva y, para mantener en lo posible la privilegiada identidad de profesor itinerante, me acostumbre a los concursos de traslados y los programas del Ministerio para profesores en el extranjero. He pasado por varios países y por varias comunidades autónomas hasta llegar a la costa cántabra donde disfruto de un alumnado y unas condiciones laborales difícilmente mejorables; sin que eso signifique que vaya a echar raíces. Si hoy he desempolvado algunas escenas costumbristas de mi odisea macarrónica como profesor sustituto por la Andalucía recóndita es porque en los últimos días esos recuerdos me vienen a la cabeza conectados con otros datos del presente. Y creo que necesito sacarlo fuera.

La semana pasada, a propósito de la Literatura Medieval, pedí a los alumnos de 1º de Bachillerato una redacción personal basada en el cuento de los Altramuces; ese que hablaba de un hombre que solo tenía unos tristes altramuces para alimentarse y se lamentaba de su miseria y desdicha mientras echaba tras de sí las cascaras y acababa descubriendo a otro hombre comiéndose las cascaras que el arrojaba. La redacción tenía que versar sobre una experiencia propia y la única premisa era que en algún momento tenía que aparecer el enunciado “y entonces me vino a la memoria el cuento del hombre que comía altramuces”.

El viernes pasado, en la tutoría con los alumnos de 4º de la ESO, recibimos la visita de dos mujeres de la Red cántabra contra la trata de personas que nos estuvieron explicando cómo funciona el comercio de seres humanos con fines de explotación sexual y aportando frías cifras sobre los muchos millones de euros que movía el negocio y la cantidad y variedad de mujeres sometidas por estas redes a condiciones de esclavitud.

Esa misma tarde vi una noticia en la televisión que hablaba de mujeres que habían creado aplicaciones móviles y redes sociales para salir a correr juntas porque saliendo solas muchas de ellas veían viciado su disfrute de esa actividad tan libre, asequible y liberadora de endorfinas por un acoso cotidiano de hombres que podía ir del piropo soez a la agresión física. Me impresionó el relato de toda una campeona de España que después de varios días detectando que se cruzaba con demasiada frecuencia con un mismo coche acabo siendo abordada y solo su condición de plusmarquista le salvo de caer en las garras del asaltante.

Y también en la última semana he estado hablando con alumnas de 2º de Bachillerato para retomar una idea que dejamos pendiente al final del curso pasado. El rodaje de un video en el que una situación cotidiana de aula en la que se hablaba de un personaje histórico llamado Benjamin Franklin desembocaba en que un grupo de chicas recitaban un breve relato de Eduardo Galeano titulado Si él hubiera nacido mujer. El relato dice así:

De los 16 hermanos de Benjamín Franklin, Jane es la que más se le parece en cuanto a talento y fuerza de voluntad.

Pero a la edad que Benjamín se marchó de casa para abrirse camino, Jane se casó con un talabartero pobre, que la aceptó sin dote, y 10 meses después dio a luz a su primer hijo. Desde entonces, durante un cuarto de siglo, Jane tuvo un hijo cada dos años. Algunos niños murieron, y cada muerte le abrió un tajo en el pecho. Los que vivieron exigieron comida, abrigo, instrucción y consuelo. Jane paso noches en vela acunando a los que lloraban, lavó montañas de ropa, bañó montoneras de niños, corrió del mercado a la cocina, fregó torres de platos, enseñó abecedarios y oficios, trabajó codo a codo con su marido en el taller, y atendió a los huéspedes cuyo alquiler ayudaba a llenar la olla. Jane fue esposa devota y viuda ejemplar, y cuando ya estuvieron crecidos sus hijos se hizo cargo de sus propios padres achacosos y de sus hijas solteronas y de sus nietos sin amparo.

Jane jamás conoció el placer de dejarse flotar en un lago, llevada a la deriva por un hilo de cometa, como suele hacer Benjamín a pesar de sus años. Jane nunca tuvo tiempo de pensar, ni se permitió dudar. Benjamín sigue siendo un amante fervoroso, pero Jane ignora que el sexo puede producir algo más que hijos.

Benjamín, fundador de una nación de inventores, es un gran hombre de todos los tiempos. Jane es una mujer de su tiempo, igual a casi todas las mujeres de todos los tiempos, que ha cumplido su deber en esta tierra y ha expiado su parte de culpa en la maldición bíblica. Ella ha hecho lo posible por no volverse loca y ha buscado, en vano, un poco de silencio.

Su caso carecerá de interés para los historiadores.

 Y, claro, en mi condición de profesor que acostumbra a estar por la calle, caminando, corriendo o mirando a las musarañas, a cualquier hora, sin sensación de que corra ningún peligro; pensando en esa parte de mi pasado que transcurrió por pueblos de Andalucía y dejó en mi memoria una gran colección de buenísimos recuerdos tengo la sensación de que este texto podría acabar diciendo:

Yo de mayor quiero ser…….. puntos suspensivos. Por desgracia todas las personas del mundo pueden dividirse en dos grandes grupos. Los que tienen el privilegio de nacer con XY  en el cromosoma 23 y los que nacen con XX . Las primeras pueden plantearse un amplio elenco de futuros posibles, de profesiones y tareas que desempeñar en la sociedad. Las segundas, como cuestiones previas, tienen que plantearse yo de mayor quiero estar……….. viva y en caso de respuesta afirmativa  yo de mayor quiero sentirme……. Libre.  Solo entonces pueden afrontar lo de yo de mayor quiero ser………

También podría acabar diciendo:

Y, claro, en mi condición de profesor que acostumbra a estar por la calle, caminando, corriendo o mirando a las musarañas, a cualquier hora, sin sensación de que corra ningún peligro; pensando en esa parte de mi pasado que transcurrió por pueblos de Andalucía y dejó en mi memoria una gran colección de buenísimos recuerdos; y, al mismo tiempo, persona que tiene como todos sus malos ratos; estos días, viendo las noticias me vino a la memoria el cuento del hombre que comía altramuces

Pero casi prefiero que acabe diciendo algo tan simple como:

            ¿Y si yo hubiera nacido mujer? 

 

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