¿Qué hacer como hombre con el dolor ante la muerte de Laura Luelmo?, por Rubén Gómez

Es difícil añadir algo a los ríos de tinta que han corrido a propósito de esta tragedia, demasiado habitual por otro lado en un país con más de 1000 mujeres muertas desde 2003. Los medios de comunicación han tratado este crimen como siempre: difundiendo barbaridades, reduciendo la información a cuestiones morbosas, desenfocando el contexto y origen del problema, dando rienda suelta a manifestaciones de odio y venganza viscerales o utilizando la muerte para fines políticos interesados. Los medios del sistema desenfocan este episodio, ya viejo y repetido, en el que un hombre se siente con el poder y la legitimidad de utilizar a una mujer, deshumanizada completamente, para obtener unas formas de placer y satisfacción tóxicas y psicopáticas que son, en cierta medida, difundidas y reforzadas por el mismo sistema que ahora se muestra en los medios como horrorizado.

Como docentes, habituados a viajar y cambiar de lugar de trabajo, sobre todo en los primeros años, nos toca de cerca especialmente el asesinato de Laura Luelmo. Como militantes y afiliados de un sindicato feminista, sentimos que este crimen forma parte de ese frente contra el que luchamos y que es otro de los grandes obstáculos para alcanzar una sociedad mejor, más justa, segura, libre e igualitaria. Nos referimos, claro está, al patriarcado, a esa cultura que nos enseña a los hombres que las mujeres valen menos y están ahí para nuestro disfrute, administrar nuestros cuidados y poco más, a tratarles como un objeto más al servicio de los intereses y deseos de los hombres. Ese patriarcado que enseña a las mujeres a ser pacientes, bellas y no quejarse ni hacer mucho ruido ante la desigualdad, aceptando el papel adjetivo y secundario en detrimento de los hombres.

Y como cualquier otra persona, sentimos una mezcla de dolor, rabia, impotencia ante esta nuevo crimen en que muere una inocente a manos de un ser abyecto e inmoral. Muchas y muchos no podemos dejar de verlo como una manifestación extrema y violenta de esa misma cultura machista que impregna nuestro día a día.

Pero si de verdad nos duele y no queremos renunciar a esperar la siguiente tragedia sin hacer algo, tendríamos que ir más allá de donde están yendo con carácter general medios de comunicación, algunos partidos políticos y mucho de lo expresado y compartido en redes sociales.

Con demasiada frecuencia se exagera en las expresiones de rabia y de condena. Incluso hay quienes compiten por emitir el llanto o el grito de rabia más exagerado posible en una especie de campeonato por mostrar la herida e indignación más grandes. Se piden condenas ejemplarizantes, cadenas perpetuas, incluso penas de muerte, como si el gran problema no fuera que la mayor parte de policías y jueces no creen a las mujeres que dan el paso de denunciar. O como si las personas de determinada posición y con determinados recursos económicos y políticos no pudieran torear la justicia de este país, como es claro y palmario. Peor aún, comentamos con familia y amistades este drama y se nos llena la boca de rabia y odio, aunque seamos testigos de relaciones machistas de mayor o menor intensidad pero que contribuyen igualmente a esa cultura, a ese ambiente y a esos valores que refuerzan que tanto hombre pueda dar pasos como los de abusar, agredir y matar.

Sabemos que ni las penas duras consiguen atajar la violencia en los países que la practican (es un peligro histórico para el conjunto de la sociedad cuando un estado persigue la venganza en vez de la justicia), ni puede haber ningún remedio si no se identifica claramente y se actúa sobre la verdadera causa del problema. Todo lo demás tiene el efecto de ocultar y camuflar la realidad, difuminando e impidiendo una verdadera solución.

Todos estos son caminos fáciles que tratan de sortear uno más difícil y efectivo para empezar a atajar de verdad este dolor y sufrimiento. Y el primer paso es asumir una verdad evidente: si quienes abusan, explotan y maltratan a las mujeres lo hacen porque en sus valores se sienten legitimados para hacerlo y el proceso de socialización se hace en el entorno social, tendremos que empezar a cambiar ese entorno para que las próximas generaciones se eduquen en un mundo más seguro e igualitario. Si formamos parte de la sociedad y actuamos y comunicamos en ella, actuemos desde nuestra realidad más inmediata empezando por nosotros mismos.

De los caminos que podemos tomar, hay uno en el que cada cual se puede ser protagonista y se puede practicar todo el día. Podemos empezar por señalar y no aceptar comentarios y comportamientos machistas, respetar la igualdad en cada palabra y acto que realizamos. Los hombres, particularmente, tenemos una tarea pendiente y fundamental en este aspecto: la de trabajarnos personalmente. Esto implica aceptar algo fundamental como que vivimos y respiramos en una cultura con unos valores machistas que nos privilegian en muchos sentidos, pero que también nos hacen daño de otras maneras (daño que es mucho más grave y traumático en la inmensa mayoría de casos para las mujeres). Significa hacer autocrítica, significa cuestionarse y aprender a mejorarse para lograr establecer relaciones más igualitarias, sanas y felices con las mujeres.

Para ello, tenemos que formarnos, aprender a escuchar, juntarnos y tratar estas cuestiones. Tenemos mucho que aprender del feminismo, por mucho que el patriarcado nos haya dicho que un hombre de verdad lo sabe y controla todo. Por eso es duro, porque implica cuestionarse a uno mismo y a los demás.

Asumir el dolor por este tipo de injusticias significa también abandonar el victimismo  y dejar de convertirnos en el centro o los protagonistas de todo. No es el feminismo el que oprime al hombre, por mucho que una oleada de revisionismo postmachista trate de imponer esa idea por todos los medios. Para que en la sociedad deje de haber agresiones y crímenes machistas, hay que contribuir a que la sociedad sea más igualitaria. Por ello hay que dejar de reír los chistes machistas y dejar de relativizar comportamientos y actitudes que refuerzan esta desigualdad. Dejar de utilizar y explotar a mujeres, pero no solo sexualmente, sino también en nuestras tareas cotidianas. Abandonar la mala costumbre de sentirse heridos cuando se nos hace ver una actitud o comportamiento machista, ser humildes y honestos con nosotros mismos y reconocer los errores e incoherencias que respirar años de educación patriarcal han provocado.

Todo esto se tendría que resumir en empezar a intentar ser ejemplares ante nosotros mismos y el resto de la sociedad. En convertirnos en parte de la solución y no del problema. Como educadores, además, tenemos una responsabilidad y una ventaja mayor. En un entorno en el que los primeros referentes de nuestros jóvenes para las relaciones sexuales y afectivas son el porno u “Hombres, mujeres y viceversa”, el ejemplo y las palabras de maestras y maestros bien formados seguramente contribuirá mucho más que exabruptos a toro pasado y llamadas a la venganza violenta cuando las mujeres sufren y mueren. Tenemos la oportunidad de atacar directamente la raíz del problema haciendo realmente algo de verdad sin mirar a otro lado. Y ese camino me parece mil veces más arduo, efectivo, justo y hermoso para mejorar nuestra vida y la de los demás.

Los crímenes e injusticias parece que siempre existirán, independientemente de todo, pero seguro que el número de estos se reducirán hasta que un día, ojalá sea así, con esfuerzo, constancia y coraje, desaparezcan.

 

 

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